Una madre en busca de libertad

11:00 de la mañana. Abro el whatsApp. 6 mensajes de Familia, 4 de Primos, 3 del equipo de mi trabajo, 2 de un amigo, 4 de un grupo de amigos, 7 del grupo de padres de mi hijo.
Voy a ver si los reviso en un momento y me pongo con otra cosa. Ya está! Concluido. He visto algunos videos, he descargado algunos archivos para leerlos, he contestado a algunos de ellos, he reenviado cosas,.. vale, ya está.
Ahora voy a conectarme un momento a la Plataforma del colegio. 11 tareas de distintos profesores. Las más sencillas, muy de agradecer, indican un libro y un número de página donde se pueden realizar algunos ejercicios. Otras te remiten a enlaces, contienen archivos adjuntos y diversas instrucciones.
Vale, no es difícil, copio y pego y lo reenvío al email de mi hijo que podrá consultar desde su dispositivo (tablet). A ver si así se va organizando él con sus actividades. Digo yo que ya en 6º Primaria debería ser capaz de hacerlo.
Ha pasado una semana y no, parece que no se organiza. ¡Socorro! En la tablet hay multitud de aplicaciones (Skype, juegos, youtube…además del email, que es lo que yo quiero que utilice).
Le alecciono, le indico, le dirijo, le hago entender que “mamá tiene que trabajar”…Nada, no funciona. Abandono, borro de mi cabeza la idea de que mi hijo tiene que hacer deberes, me digo a mi misma mensajes que me puedan tranquilizar “No te preocupes, esta situación es muy difícil, es normal que el niño no pueda, estará nervioso”.
Ya son las 14 horas, no he conseguido nada más que revisar emails, whatsApp, la plataforma escolar. No me concentro, no puedo leer más de 10 minutos seguidos sin interrupciones.
Tengo que hacer la comida, recoger… Mientras tanto el niño enchufado a la tablet. Me pongo nerviosa. Se me cuelan en la cabeza mensajes martilleantes que me hacen sentir culpable y también buenos propósitos para comenzar el
día siguiente.
La tarde ya la tengo ocupada. Voy a tener varias vídeo-llamadas. Tendré que ocupar el salón. Para mantener la privacidad y la concentración tengo que hacer salir a mis hijos de allí. “Lo siento, ahora mamá trabaja, no me podéis interrumpir”. Mientras trabajo sé que mi hijo habrá cogido otra vez la dichosa tablet y estará jugando a “Geometric Dash”.
Ya he terminado. Venga, voy a hacer la cena. Quieren ver peli. Se creen que estamos de vacaciones, uff! Nos acostamos tarde, mañana ¡¿quién madruga?!
Estoy agotada.
Sensación de frustración continua. No me cunde. No avanzo casi nada. Quiero leer, ¡¡quiero leer!! Imagino a cualquier persona soltera, viviendo ella sola. Imagino que gozoso sería sentarme en el salón a leer con tranquilidad o devorarme un artículo de un tirón y sacar conclusiones, y escribir y trabajar en ese proyecto que me han pedido desde el trabajo.
Estoy abrumada, no puedo pensar. ¡¿Qué me pasa?!
Y el caso es que esto va para largo. Ya llevamos tres semanas. Mi hijo ha hecho muy pocos deberes. Cada día que me conecto hay otros nuevos, y no ha hecho los anteriores ¡Socorro!
Otra vez se me cuela un mensaje de esos que utilizo para tranquilizarme, o engañarme. “¡¡Aprobado general!! Seguro que los profesores entenderán lo difícil que es todo esto” ¡Pensamientos infantiles! Soy adulta, soy madre, tengo que ser responsable. Esto no puede acabar conmigo. Tengo que coger las riendas. Venga, ¿cómo lo hago? ¿Por qué no puedo pensar y avanzar?
Dolores de cabeza, insomnio. Hay días que he logrado hacer clases de pilates. Con todos los enlaces que me han enviado alguno tendría que pinchar. La gente dice “venga, todos los días hay que hacer ejercicio”. Tres días me ha durado el propósito. Qué mal me organizo. Estoy harta. ¿Seré la única a la que le pasa esto?
Los de mi clase de canto proponen seguir las clases online. Lo siento, no puedo. Video conferencias, plataformas, whatsApp.., no más por favor. Me dan ganas de borrarme no solo de las clases de canto, sino de todo, me voy a borrar. Yo no quiero vivir esto. Me angustia imaginar que mi madre pueda enfermar, incluso que yo misma la pudiera contagiar, si es que estoy contagiada y soy asintomática. Se ha venido a vivir con nosotros porque ya no podía más, se estaba poniendo muy nerviosa en su casa, ha empezado a escuchar ruidos dentro de su cabeza que la atormentan (parece que son acúfenos, no está loca; aunque la situación es para enloquecer).
El caso es que a mí me ha ayudado mucho que venga mi madre a vivir con nosotros. Ahora cuando tengo que encerrarme para trabajar sé que al menos mis hijos no están ahí fuera solos. Si se pelean y se pegan, creo que mi madre podrá pararlos antes de que se maten. Porque, ¡imagínate!, cuando estás en una vídeo-llamada y empiezas a escuchar discusiones, se te acelera el corazón. O, incluso cuando se te cuelan en el salón y tú tienes que poner discretamente un mensaje en una hoja de sucio que tienes a mano donde indicas a tu hijo, nada sutilmente, VETE. Agitas el papel a la par que no dejas de mirar a la cámara, para que el interlocutor no note que alguien ha entrado, ni que tú estás agitando una hoja. Lo agitas y lo agitas para que el niño se percate del movimiento y lo lea, te haga caso y se vaya. Pero el puñetero niño, o no te ve o se hace el tonto.
Y, claro, pierdo inevitablemente la atención: ¿de qué se está hablando en la conferencia? Mi cabeza recibe mensajes: “lo mato”; “cuando cuelgue se va a enterar el dichoso niño”; “¿no puede respetar mis tiempos?”. Aprieto mis auriculares en mis orejas haciendo un esfuerzo para no perder el hilo y me lanzo mensajes de ayuda: “tranquila, ahora concéntrate en la conferencia”; “es un niño,¿ qué le vas a hacer?”; “esta situación es difícil para todos”; “pobrecillo, estará asustado aunque no lo diga ni lo manifieste”; etc.; etc.; etc.
Pero cuando cuelgo…¡¡¡JAIIIIIIMEEEE!!! ¡¡¡ES QUE NO SABES QUE CUANDO MAMÁ ESTÁ TRABAJANDO NO SE LA PUEDE MOLESTAR!!!
El niño dice que lo siente, pero no parece sentirlo realmente, sino más bien parece que piensa “mi madre ha vuelto a perder los nervios”. Me dice “mamá tranquílate por favor, no me gusta verte así”.
Me acuesto disgustada. Se me escapa entre los dedos la situación. No lo controlo. No tengo una rutina. Tengo que encontrarla. Tengo que reducir expectativas. Tengo que dejar de revisar tantos mensajes, la mayoría no son importantes. Tengo que trabajar. Tengo que conseguirlo.
He decidido escribir al profesor y decirle que dado que esto va a durar meses, yo me voy a otorgar el papel de tutora de mi hijo, y voy a coger los cuatro libros básicos de Lengua, Matemáticas, CCNN y CCSS y cada día voy a repasar algo de esa materia; y el Inglés que vea una película en V.O. con subtítulos en inglés (se acabó el código y la puñeta de la licencia del libro digital, se acabaron los enlaces, los tutoriales, los juegos online donde tienes que colocar el verbo, el sustantivo, el… y que al niño le aburren soberanamente. Mira, ya tendrá tiempo de ir a clases de inglés, ahora que trabaje el oído, ¿no dicen que eso es lo importante?).
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He decidido olvidarme de la vida que tuve antes del confinamiento y aceptar que esta es mi vida ahora. He dejado de pensar cuándo será la fecha de retorno. Mira, que sea la que les dé la gana; yo como si no llega nunca. Mi vida es esta: me concentro en el día, cada día; por la noche planifico un poco el siguiente. Y ya.
Estoy más tranquila desde que he llegado un poco a esta idea.
Pero es necesario y fundamental para mí escapar de este “encierro”, que pongo entre comillas porque no solo es físico, sino también psicológico, y por tanto puedo recurrir a mi mente para escaparme de él. Esta es mi vía de escape.
He escrito esto para vosotras y vosotros, para todo aquel que esté como yo pasando por estas emociones tan intensas. Porque nos ayuda saber que somos parte de algo más grande, de un grupo, de un colectivo. Sé que estáis ahí aunque no os veo, aunque no os toque.
He escapado, lo he logrado. He montado un pequeño escritorio en el único lugar soleado y luminoso de la casa y desde allí os escribo, a la vez con los cascos puestos puedo escuchar a Ara Malikian con varias interpretaciones al violín que me ayudan a transportarme a un lugar bonito y tranquilo.
Mi hija ahora está haciendo un pan en la cocina, porque el gusto de comer pan rico cada día no lo hemos perdido.
Mi hijo parece que también en estos días ha encontrado satisfacción escribiendo historias en el ordenador, que aunque no son deberes, le sirve para desarrollar su creatividad y su lenguaje.
Desde este lugar tranquilo puedo ver el cielo, los árboles de la calle y ahora estoy escuchando una nueva melodía. ¡Qué agradable día!
Os deseo un buen confinamiento en búsqueda de vuestra libertad.
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