Mi vecino de enfrente
Mi
vecino de enfrente se ha cambiado de chándal. Hoy lleva uno color verde
militar. El de ayer y el de antes de ayer y el de antes de antes de
ayer…. era azul.En la ventana del primero siempre se asoma una niña de unos 7 años, acompañada de su abuelo que siempre está sentado en la mesa que hay justo al lado, utilizando su ordenador, y que cada vez que me asomo yo a mi balcón pone sus ojos sobre mí. Se ha dado cuenta de mi movimiento. Y me molesta. “El mirón”, le llamó ya.
Los del tercero tienen un bebé. El padre baila para hacer feliz a su niño. La madre le coge en brazos y también danza con él. Y es que a las 20:00 horas en mi calle hay algún vecino que pone música para todos. Y la gente baila en sus balcones. Todo el mundo parece feliz de verse. Me recuerda mucho a las fiestas de mi pueblo, cuando nos reunimos en la plaza para bailar con la orquesta.
Parece que mis vecinos de enfrente son mi espejo. Me reconozco en ellos. Voy en chándal, miro a los demás y fantaseo sobre sus vidas, regreso a mi pasado con ellos cuando era feliz con mi bebé en brazos o cuando disfrutaba con los amigos en las fiestas. Sin los demás no nos vemos a nosotros mismos.
Hoy la gente de los áticos ha sacado los paraguas. Llueve. La lluvia no es excusa para no salir. Hay que aplaudir a los sanitarios. Hay que aplaudir a nuestros muertos, los que perecieron con este dichoso virus, aplaudir a sus familiares que estarán tristes y no podemos acompañar por nuestra propia tristeza, miedo, angustia. Aplaudir para acercarnos, para no estar solos, para ver el reflejo de la alegría y los ánimos de los otros que se esfuerzan para transmitirnos valor, resistencia.
Yo me uno a ellos porque no les quiero fallar.
No quiero fallar a mis vecinos.
Sé que me esperan.
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